
Se escuchan los tambores lejanos, vienen desde el final del camino, suenan alrededor de la hoguera, mientras ellos danzan en un mismo círculo decadente y mediocre, ellos son pálidos, flacos, con unos ojos negros enormes, inertes, llenos de ira y de soledad; pero ellos bailaban, y estaban todos reunidos allí, estaba la miseria, estaba el despecho, estaba el odio, la discriminación, la inseguridad... Era una fiesta perversa, que estaba siendo coronada por algo tan aborrecible como apetecible por éstos seres, tenían en la hoguera, maniatada, a la esperanza. La esperanza con sus trajes rasgados, se mantenía quieta, mientras se veía desvanecer, mientras perdía poco a poco su esencia. Habían arrojado su arpa al fuego, quemando con ella su música. Y seguían danzando, seguían buscando el momento más oportuno para arruinar todo para todos, porque si lograban matar a la esperanza, lograban matar a sus peores enemigos. Lograban arrancar de los mismos centros de la tierra la belleza que trae a la vida cotidiana algo tan frágil como imprescindible. Y en esa noche de niebla, la criatura ahogaba sus golpes y sus jugos babeados, sus mismas lágrimas, su misma sangre, mezclaba todo en un soplido que enterraba en unos ojos. Mientras ellos danzaban y danzaban alrededor de la hoguera con la locura de quién no busca nada, de quién ya no encuentra porque no quiere, porque son odio inseguridad miseria entre otros los comensales, que planeaban abrir a la esperanza y sacarle el corazón, para que la criatura pueda alimentarse con él, mientras observaba excitada desde su roca helada, mientras se mezclaban en su boca y en sus manos los flagelos de la humanidad, los restos de algo que una vez fue, que una vez tuvo luz. Y la esperanza comenzaba a marearse por el humo, comenzaba a sentirse morir, a caer sobre sus manos, que al estar atadas a un poste de madera, la obligaban a seguir en pie, mientras lentamente comenzaba a caer en la inconciencia, en ese estado donde ya nada depende de nosotros. Entonces el desprecio la escupió, mientras reía con los ojos inyectados de espera. Y el odio decidió que era tiempo ya, decidieron desatarla luego de pelear entre ellos, luego de aullar y patearse una y otra vez, luego de mostrar ese desagradable espectáculo, que era el único que eran capaces de dar. Desataron a la esperanza y la colocaron en el piso, en forma muy brusca. La criatura aulló de placer y éxtasis, mientras la veía tendida semiconsciente en la tierra húmeda. Todos voltearon hacia ella luego de ese aullido, y uno de ellos le ofreció el puñal que usarían para abrir su pecho. La criatura descendió de su roca, avanzó hacia ellos con paso lento y a la vez presuroso, tratando de disimular su apuro en terminar todo, sus ganas de saborear ese corazón del que se alimentaría. Entonces como si el mismo universo se hubiese enojado, o entristecido tal vez, rompió a llover como nunca antes nadie había visto llover. El agua mojó la cara de la esperanza, que en pánico comenzó a reptar lejos del lugar, sin por supuesto, siquiera avanzar dos metros, ya que su cuerpo cansado ya había soportado demasiado y no podría alejarse más, la criatura la tomó de un tobillo, arrastrándola hacia ella, y mientras la sostenía con sus dos manos enormes, lamió su cara extasiada, observando su banquete, observando la luz que se apropiaría. Los demás observaban a una prudente distancia, saltando y gritando a salvo del agua, divirtiéndose, como asistiendo al rito y a la fiesta, formando parte de esto. La esperanza intentó zafarse, pero no pudo, no tenía fuerzas, la lluvia no cesaba, y con cada gota de agua, la tierra se volvía más lodosa, se volvía más sucio todo ese acto. Finalmente la criatura le arrancó la ropa, y comenzó a tocarla, comenzó a lamer sus pechos, mordió un pezón y lo arrancó tragándolo entero, mientras excitada escuchaba a la esperanza llorar, rogar. La esperanza le rogaba piedad. Eso era para la criatura un placer que jamás hubiese imaginado tener. Entonces la poseyó, hasta que sus jugos llenaron su vientre y su baba quedó desparramada en el blanco pecho manchado de sangre y tierra. Excitados, gritaban aún más los comensales, que esperaban ansiosamente los restos del festín. La criatura alzó el puñal, luego de recuperarse de esa placentera sensación, que consentiré llamar orgasmo, aunque algo tan bello no deba atribuirse a alguien tan despreciable. El plateado metal se hundió en el pecho de la esperanza con mucha facilidad, mientras ésta le daba una última ojeada al mundo. La criatura con sus manos tomó el corazón y corriendo con él bajo el brazo volvió a su roca, donde comenzó a masticarlo a salvo del agua. Los invitados salieron de su refugio, y devoraron los restos de ese cuerpo ultrajado. La fiesta siguió hasta el amanecer, en ese rincón del mundo dónde nadie más que la oscuridad reina al fin.